La narrativa dominante dice que la IA cambiará todo. Que automatizará el pensamiento, redefinirá el trabajo del conocimiento y operará sobre decisiones críticas en sectores económicos, sanitarios y políticos. El discurso mediático ha construido un clima que mezcla fascinación con cierta sensación de amenaza inminente.
Pero antes de aceptar ese marco como único, conviene poner las cosas en contexto. La IA parece un salto sin precedentes porque toca la cognición humana. Sin embargo, en los años noventa internet abrió una brecha igual de profunda. Y lo más relevante es que la sociedad aún vive dentro de esa mutación. La comparación no busca decidir cuál pesa más, sino entender que ambas forman parte de un continuo en la evolución digital.

Internet ya cambió el mundo para siempre
Internet no generaba contenido por sí mismo ni razonaba como un sistema inteligente, pero eliminó las barreras que separaban a las personas, a las empresas y a la información. Su impacto fue transversal. Creó nuevos modelos de comercio, transformó los medios de comunicación, impulsó plataformas globales y construyó un nuevo espacio público donde la reputación ya no depende de instituciones, sino de la exposición constante.
Su disrupción también abrió la puerta a amenazas inéditas. El cibercrimen se profesionalizó y llegó el ransomware dirigido a hospitales. El terrorismo encontró canales de propaganda. La polarización se amplificó a escala social. Y la ciberdelincuencia se diversificó con un catálogo casi infinito de estafas, robos de identidad y ataques coordinados contra infraestructuras críticas.
Curiosamente, todo aquello generó en su momento temores muy similares a los de hoy. También se hablaba de control corporativo. También se alertaba sobre la invasión de la privacidad. Y, aun así, la sociedad se adaptó, evolucionó y reguló.
La IA amplifica dinámicas que ya existían
La inteligencia artificial introduce algo nuevo: automatización cognitiva, escalabilidad instantánea y generación ilimitada de contenido. Aun así, en términos de riesgos, no abre un paradigma desconocido. Lo acelera.
Las amenazas no aparecen por la IA, sino por la combinación de tecnología, conectividad global y malas prácticas. Es la misma ecuación que permitió el ransomware, la desinformación masiva o el hackeo de organismos sanitarios. La IA simplemente optimiza esas dinámicas.
Puede generar estafas hiperpersonalizadas, campañas de manipulación más sofisticadas, suplantación de identidad con realismo extremo y fraudes automatizados. Pero opera sobre el ecosistema que internet creó hace décadas.
Por eso conviene desactivar el alarmismo. No porque los riesgos no existan, sino porque no estamos entrando en un terreno desconocido. Estamos escalando uno que ya conocemos muy bien.
La cuestión de fondo: ¿qué hemos aprendido?
Intentar decidir qué revolución es mayor es irrelevante desde una perspectiva estratégica. Tras treinta años gestionando riesgos digitales, la sociedad dispone de herramientas, marcos regulatorios y experiencia para enfrentar una nueva etapa de disrupción.
La IA no llega a un mundo inocente. Llega a un mundo digitalizado, hiperconectado, sensibilizado ante los abusos tecnológicos y cada vez más exigente con la gobernanza. Y ese punto de partida es nuestra mayor ventaja.
Perspectiva a futuro
La IA parece más disruptiva porque actúa sobre la mente humana, no solo sobre la conexión. Pero internet ya reconfiguró el planeta de arriba abajo. Ambas tecnologías son parte de un mismo proceso. La cuestión no es cuál es más peligrosa, sino cómo gestionaremos esta nueva transformación con la experiencia acumulada.
La sociedad de la información no retrocede. Evoluciona. Y nuestro reto no es frenar el cambio, sino orientarlo con criterio, responsabilidad y visión de futuro.






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