El 18 de noviembre de 2025 gran parte de internet se vino abajo durante varias horas. La caída afectó a plataformas de primer nivel (redes sociales, servicios de inteligencia artificial, webs corporativas, tiendas online y APIs críticas). El denominador común de este apagón digital fue Cloudflare (uno de los actores más importantes y menos visibles de la infraestructura global de internet).
El incidente llegó apenas una semana después de la caída de Amazon Web Services. Dos fallos consecutivos en actores que sustentan buena parte de la red global. Una llamada de atención que merece reflexión.

¿Qué sucedió y por qué?
Cloudflare publicó horas después un análisis detallado del fallo. No fue un ataque ni un hackeo. El problema surgió a raíz de un cambio de permisos en uno de sus sistemas internos que generó un archivo de configuración para su gestión de bots. Ese archivo duplicó su tamaño, superó los límites previstos y provocó fallos en el software de enrutamiento global.
La configuración defectuosa se propagó por centros de datos de todo el mundo y empezó a provocar errores en cascada. Sitios inaccesibles. Caídas intermitentes. Respuestas 5xx. Servicios paralizados.
La restauración llegó por fases y quedó completamente resuelta unas horas después.
Lo importante: un pequeño error en una pieza profunda de la arquitectura provocó un impacto global. En cualquier otra empresa habría pasado desapercibido. En Cloudflare no.
¿Por qué Cloudflare es tan crítico?
Cloudflare es una empresa silenciosa en el día a día del usuario medio, pero gigantesca en responsabilidad.
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Protege contra ataques DDoS.
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Actúa como CDN global.
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Optimiza el tráfico de millones de sitios.
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Filtra bots.
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Acelera la entrega de contenido.
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Ofrece servicios DNS, firewall y red perimetral.
Un porcentaje muy elevado del tráfico mundial pasa por sus infraestructuras. Eso significa que cuando Cloudflare falla, falla un trozo significativo de internet.
De hecho, la caída mostró a la perfección cómo vivimos en un ecosistema donde empresas completas dependen de actores externos para funcionar. No solo redes sociales o plataformas tecnológicas. Tiendas, medios, intranets, sistemas de reservas, webs corporativas. Todo.
Un incidente que se suma al de AWS la semana anterior
La caída de AWS unos días antes ya había puesto a prueba la paciencia y la resiliencia del ecosistema digital. El patrón se repitió:
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Miles de servicios afectados.
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Dependencia concentrada.
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Impacto global.
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Reacción nerviosa.
Cuando dos pilares fundamentales del internet moderno fallan con tan poca distancia temporal, el mensaje es claro: nuestra sociedad digital está montada sobre infraestructuras muy eficientes, muy escalables y muy centralizadas.
Qué lectura podemos sacar de todo esto
1. La dependencia de pocos actores es real
Cloudflare, AWS, Google Cloud, Akamai, Fastly. Son pocos y concentran muchísimo. Son muy buenos técnicamente, pero no infalibles.
2. El impacto psicológico es mayor que el impacto real
La sensación de vulnerabilidad crece. La urgencia se dispara. Surgen teorías de hackeos, ataques o colapsos globales. En la práctica, la mayoría de incidencias ocurren por errores humanos o problemas internos (no por amenazas externas).
3. La precipitación suele empeorar la situación
Es frecuente que técnicos y usuarios tomen decisiones impulsivas en los primeros minutos: cambiar DNS, mover servidores, modificar configuraciones o redirigir dominios.
Eso mismo nos ocurrió a nosotros: se modificaron los servidores DNS de un cliente intentando corregir un fallo que no estaba bajo nuestro control. Treinta minutos después Cloudflare había recuperado la normalidad y ahora será necesario deshacer el cambio.
La lección es clara: una pausa de dos horas habría evitado trabajo extra.
4. La calma es una competencia digital clave
La “sensación de urgencia” es enemiga de las buenas decisiones. En la mayoría de interrupciones masivas lo razonable es verificar primero el estado oficial del proveedor, esperar estabilización y evitar cambios críticos durante la incidencia.
Una reflexión final
Vivimos en una economía digital que depende de infraestructuras invisibles pero esenciales. Cuando estas fallan, no solo caen webs: se detiene la percepción de continuidad que damos por garantizada.
La caída de Cloudflare nos recuerda que internet es robusto (pero también frágil en sus puntos de concentración). Y que, en muchos casos, la mejor reacción ante incidentes globales no es hacer, sino esperar.







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